Puse en marcha el reloj de la partida, tu en las negras yo en las blancas, y viceversa a la vez. Es el juego de los placeres personales modernos del siglo XXI, rápidos e intensos. Y así arrancamos, tú con el peón adelante, sumiso y remolón, y yo con el caballo en busca de victoria. El tiempo que avanza sobre la arena (si el reloj se quedara sin ella, sería feliz en el eterno). Son menos de diez minutos en total, dado que el juego se nos da así de rápido. Y, en esos diez minutos que a veces también se nos pueden hacer eternos, yo busco tu reina incansablemente, dado que es aquella que quiero tumbar, para ganar en este juego. Escurridiza reina que se me escapa, pero te la sigo sin dudar con este caballo que a veces hasta me resulta feroz. Y hasta ahí, esto parece solo un juego de dos.
Cinco minutos por persona. A lo mejor eso es todo lo que se nos permite. A lo mejor eso es todo lo que podemos esperar. A lo mejor es que son sólo cinco minutos y nada más.
Pero es que esa reina se me escapa, como si la persiguiera con mi caballo a campo traviesa y con los ojos cerrados. Es este bosque nuestro campo de batalla. El bosque donde los árboles son cemento y los senderos pavimento. En el bosque, por la noche y a lo oscuro se me escapa, y aunque intento seguir su camino, de repente, de nuevo mi corcel se vuelve ciego. Pasan instantes que parecen breves y al mismo tiempo duran una eternidad. Pero siempre de alguna manera te vuelvo a encontrar. Vos, mi reina escurridiza, que siempre volvés a mostrarte. Vos, me asomás un retazo de la dulce seda de tu vestido. Y así vuelve a empezar, esta corrida que parece no terminar jamás.
Cada día, con la luz del nuevo sol, vuelvo a poner en marcha el reloj de la partida. Siempre parece volver a comenzar de cero, pero soy capaz de ver que aquellos granos de arena que quedan atrapados en uno y otro lado de nuestro reloj, son los que conforman la historia. Y entonces, lo que comienza a importar ya no son los minutos que pasan en nuestra interminable partida, sino todas las corridas que fui dejando atrás.
El tablero cambia día a día. A cada vuelta del reloj quedan atrapados más y más granos de arena. Los minutos nos separan, y de repente la reina se me pierde al fin entre bloques de marfil y concreto.
Solíamos creer que esas partículas de tiempo atrapadas a cada lado de nuestro reloj, eran aquellas que conformaban nuestros recuerdos. No fuimos capaces de ver la brutal distancia que las separaba.
Nos parecía, aunque no podíamos creerlo, que el fino filamento de cristal por el que los segundos pasaban, se cerraba minuto a minuto, jugada a jugada. Y es que siempre todo juego está supeditado a una estrategia superior que lo domina, cual guerra. Es que, al fin y al cabo, ¿qué es una partida de ajedrez, sino una guerra jugada en el silencio, donde las más feroces armas son las miradas de jugador a jugador?
El filamento se cerró. Las diminutas chispas de arena quedaron atrapadas a cada lado. El tiempo de detuvo, al fin. No pudimos decretar un ganador. Pero en esta gran jungla, el caballo logró correr a su antojo, en busca de su propia victoria. Y aquel peón, sumiso y remolón, se vio repentinamente oprimido por las torres del marfil que lo rodearon, parecían devorarlo.
Aquellos dedos gigantes, opresores, lograron mover las fichas a gusto, para dejar esta partida en suspenso. De alguna manera, el reloj finalmente quedó feliz en el eterno.
Si, fueron tan sólo cinco minutos, dentro de una vida.
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