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Mostrando entradas de abril, 2013

Una cerveza y un amor.

Es viernes. Llegó el viernes. Los viernes son de amor, ¿no? Venís acumulando ganas de toda la semana. Cargaste la mochila 9 horas por día, en una oficina llena de gente que tiene un millón de cosas para pedir, y ni una para ofrecer. Pero llegó el viernes. Estas sucia, estas cansada. La mente te pide las 10 horas de sueño que le quedaste debiendo. Pero tu cuerpo sabe que es viernes. Y, los viernes son de amor. Llegas, son las 7. Pensás, como siempre, en por qué no pensaste en esto más temprano. Pero el trabajo, siempre el trabajo. Agarras el celular, revisas mails, chats, redes y mensajes. Buscas víctima. O victimario, como más te guste. No te decidís. Tu cabeza sigue gritando almohada. Pero algo, ahí, por debajo de la panza, te hace mandar 3 mensajes. 1-       ¿Qué haces hoy?  2-       Trabajas?  3-       Hola, lindo :) Te decidís. Te sacas la ropa, y en lugar de sentarte a esper...

Tratado sobre la inseguridad.

Cerrá los ojos. Dale, cerralos. Bien. Ahora imagínate adentro de un cuarto, tamaño baño, ponele. ¿Estás ahí? Bueno. ¿Tiene ventanas? Sacalas. ¿Hay puerta? Olvidate. El piso es frio, de cerámica. Las paredes de cemento. No hay color. O si, imagínatelo gris. ¿Me seguís? Mira el techo. Ahora bájalo, que te quede a 5 centímetros. Listo. Sentate en el piso. Cruzate de piernas. Abrazate. Mira para adelante y elegí un punto fijo en la pared. Hay un par de ojos, conocidos. Los que más quieras, los que más te gusten. Te miran, miralos. Te miran sin pestañear. Se multiplican. Ahora toda la pared está llena de esos ojos. Son ojos queridos, conocidos. Sentís cosquillas en la espalda, te vas vuelta repentinamente. De la nada, caes en la cuenta que los ojos llenan las cuatro paredes. Siempre es el mismo par de ojos. Respira. Sentí todas esas miradas. Contené el aliento. Sentí el peso de esos ojos. Sentí como te envuelven las pestañas. ¿Sentís? Bien. Sentí las miradas. ¿Qué estarán mirando todo...

La Razón de mi Vida

Acá va la introducción de La Razón de mi Vida, de Eva Perón.  Cómo esperaban que sea, si mi ideal de mujer es este? ♥ Este libro ha brotado de lo más íntimo de mi corazón. Por más que, a través de sus páginas, hablo de mis sentimientos, de mis pensamientos y de mi propia vida, en todo lo que he escrito, el menos advertido de mis lectores no encontrará otra cosa que la figura, el alma y la vida del General Perón y mi entrañable amor por su persona y por su causa. Muchos me reprocharán que haya escrito todo esto pensando solamente en él; yo me adelanto a confesar que es cierto, totalmente cierto. Y yo tengo mis razones, mis poderosas razones que nadie podrá discutir ni poner en duda: yo no era ni soy nada más que una humilde mujer... un gorrión en una inmensa bandada de gorriones... Y él era y es el cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres, cerca de Dios. Si no fuese por él, que descendió hasta mí y me enseñó a volar de otra manera, yo no hubiese sabido nu...

Nola.

-Late, late, late, nola, late, late, para! Volvé. No, esa no. Una más. Esa! Nola! La quiero, la quiero, la quiero. -Pero no! Esa es re dificil. ¿sabés lo que me costó conseguirla? -Siempre lo mismo vos, nena. Siempre peleando por las figuritas. Cortala, querés? -No abu, no. Ahora la tengo que tener.  La historia de mi vida.

Reflexiones

Siempre pierdo por la misma razón. Es cansador. Y tampoco puedo cambiar esto que soy. ¿Qué quieren que haga? Sacan conclusiones acerca de mi vida, mi persona, mi condición social y mi carácter, sólo con mirarme la cabeza. Es lo mismo siempre, in eternum. Lo de afuera parece pertenecer a un lugar, que me es lejano. Y lo de adentro, estoy segura, pertenece a otro lugar, cercano; pero que, aún hoy, me es ajeno. Ajeno, por que aunque estire y estire los brazos, siempre hay alguien que no me permite alcanzarlo. A veces gano una batalla. A veces consigo momentos robados. Pero al final, la vida se hace de pequeñas victorias, o así me enseñaron a mi.   Por la vida, con los tacos de punta.

#Doroga III

–Al fin me contestas! –Hola. –Estabas dormida? Contame todo, qué pasó? –Nos re dimos. –Me imaginé. Sos una hija de puta. –Por qué? –Porque te conozco, lo provocaste. –Sí, pero yo no avancé. Él se levantó, se me acercó y me dijo: sigo? –Y seguiste. –Más vale. –Hola. –Hola. –Cómo estás? –No sé. –Querés hablar? –No. –Hola, puedo ir a tu casa? –Ahora? –Sí. –Bueno, dale. [Ahora sí. Se pudrió todo. Yo sabía que no tenía que provocarlo. ¿Cómo mierda le digo que me separé? No quiero que piense que fue por él. Pero fue por él. No le voy a decir nada.] –Me separé. –Yo también. Estampada en el hall del edificio. Subimos a los trotes. Nos empezamos a sacar la ropa antes de entrar. Nos tiramos en el sillón, desesperados. Le arranqué la camisa. Le vi el tatuaje. Me acordé de todo. Frené en seco. –¿Qué vamos a hacer? –Callate. –Pero.. –Callate, por favor. Ahora no. Seguimos, con todo. Por instinto. Sin pensar. Animal. Con bronca. A lo bruto. –Te puedo abrazar? –Obvio. –Vení, más cer...

En el mar, un silencio.

Una de las primeras cosas que descubrió en Almagro, fue el pasaje comprendido por las calles Lezica y Ángel  Peluffo. Ahí, a un pasito de todo. Lo descubrió un sábado a las 8 am, caminando por ahí. Dobló sin darse mucha cuenta, y de repente, no escuchó más que el sonido de sus pasos. Paró. Se sentó en el cordón. Escuchó. Nada. Es un efecto raro, en la ciudad se hacen difíciles los silencios. Desde esa mañana, cada tanto, siempre un sábado, va y se sienta ahí. Mira el asfalto y espera. Sabe que existen otros locos del silencio. No está sola, no.

#Doroga II

–Hola. Me estampa un beso en la frente. –Qué haces? –Si no te puedo enchufar un beso en la boca, por lo menos que me quede elegir el lugar de la cara, no? –Mmm. –Cómo estás? –Bien. Quiero saber cómo estás vos. –Bien, quiero hablar con vos. –De nuevo con este tema no, por favor. Siete meses pasaron, ya. –Conocí a alguien. –Qué? Vos? Dónde? –Sí, yo, tarada. En un recital de La Bomba. –Hace cuánto? –Tres meses. –Te pusiste de novio, boludo. –Sí. –Uff. Te felicito. –Qué te agarró? –Nada. –Hola? –Hola amiga. –Qué pasó? –Me pidió de vernos, para charlar. –Sí, y? –Y que me tira que conoció a alguien en el Konex hace tres meses, y que hace dos que está de novio. –Me estás jodiendo. Buen, re bien. Ahora no te va a romper más las bolas. –Pero, es que a mí me gustaba un poco que me rompiera las bolas. –Hola. Me da un beso en la mejilla. –Hola. Lo abrazo. Entramos. Prendemos uno, son flores de las buenas. Pongo su cd favorito en loop. Me puse el vestidito corto que le gustaba. A él se le...

Que me pregunten por qué soy peronista

Que me pregunten por qué soy peronista. Que me pregunten por qué me empezó a interesar lo que pasaba en mi país. Que me pregunten. No me da vergüenza. Estoy segura que no soy la primera, la única, ni la última. Que me pregunten, y les voy a contestar: me enamoré. No, no me enamoré de la política, ni de un político. No. Me enamoré de un pibe, uno de esos comunes y corrientes, que posiblemente nadie mire dos veces. Todavía me acuerdo la noche que lo conocí. Estábamos ahí en Plaza Dorrego, en San Telmo. Estábamos ahí, tomando birra y "festejando" el fin de una cursada más. Estábamos ahí los compañeros de clase, chicos lindos de clase media, chicas lindas y bien empilchadas. Estábamos ahí, no importa quienes, y todos se empezaron a ir. Yo me sentí libre esa noche, vaya uno a saber por qué. Me acuerdo que en ese mismo momento estaba tocando SOJA en Palermo. Me acuerdo que no pude ir por esta clase. Me acuerdo que mi hermana me llamó cuando tocaron mi canción favorit...

#Doroga

Miro adelante, aparecen manchas en la pared. O ya estaban, no sé. A lo mejor siempre estuvieron ahí, esperándome. A lo mejor sólo recién decidieron hacerse visibles. Manchas en la pared. A medida que las veo, se hacen más nítidas. Me voy a hacer un té. Lo pienso, pero no me muevo, porque mis ojos siguen mirando las manchas en la pared, que empiezan a tomar forma, y dibujan una escena conocida. -Qué haces? –Nada, por? –Voy, dale? –Bueno, dale. Siempre fuimos así, de pocas palabras. Nos manejamos a los bifes, a los gritos, a los empujones. Creemos que nos queremos. Tal vez si, quizás no. Suena el timbre. Me levanto, abro la puerta, bajo. Le abro, me estampa contra la pared. –Que costumbre de mierda, eh. – Te encanta. –Sí, pero tengo vecinos, pelotudo. –Dale, déjate de joder y subamos. Subimos. Abro. Pasamos. Me estampa contra la puerta. –Acá ya está mejor? –No queres tomar unos mates? –No. –Dale, charlemos. –Qué te pasa, pelotuda? Desde cuando vengo a charlar yo? –...