En el mar, un silencio.


Una de las primeras cosas que descubrió en Almagro, fue el pasaje comprendido por las calles Lezica y Ángel  Peluffo. Ahí, a un pasito de todo. Lo descubrió un sábado a las 8 am, caminando por ahí. Dobló sin darse mucha cuenta, y de repente, no escuchó más que el sonido de sus pasos.
Paró.
Se sentó en el cordón.
Escuchó.
Nada.
Es un efecto raro, en la ciudad se hacen difíciles los silencios. Desde esa mañana, cada tanto, siempre un sábado, va y se sienta ahí.
Mira el asfalto y espera.
Sabe que existen otros locos del silencio. No está sola, no.

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