La historia de Pablo I
Bailaba, desaforada. Las luces de colores me iluminaban brevemente a intervalos. La oscuridad mejora mi visión. Llevaba en las manos dos vasos largos, semi vacíos. Me movía, despiadada, al son del compás. Sonaban unos tambores cubanos, que parecían quebrarme el centro del pecho.
Acerqué mi cuerpo a la barra, tomé el resto de ambos vasos, y los dejé para el olvido. Al darme vuelta, en medio de un paso de baile inventado e intrincado, me tropecé. Caí sin estabilidad alguna, sin posibilidad de salvarme, pero nunca sentí el suelo frío golpear contra mí.
Un minuto después, abrí los ojos y lo vi. Estaba toda torcida, algo magullada, medio cuerpo aplastado contra la barra, medio cuerpo aprisionado contra su pecho. Sus manos en mi cintura, tironeando de mi camisa, consiguiendo que quedemos en precario equilibrio.
Le pedí perdón, me arreglé la ropa, me di vuelta y con un gesto lo llamé a Mariano, que trabajaba al otro lado de la barra. - Traeme dos cervezas marian, porfa. Me las alcanzó al vuelo, le agradecí y le ofrecí una a este salvador desconocido.-Toma, gracias. Perdoname, pero me quise hacer la bailarina y me salió como el orto. -No seas boluda, gracias por la birra. Soy Pablo. Bailas bien, te estuve mirando. -Dale! Justo yo... Mira, vení, bailemos.
Volvimos a la pista, cervezas en mano, a bailar al ritmo de los tambores cubanos. De reojo, vi a mi mejor amigo hacerme una mueca, una especie de "pu ti ta" en silencio. Mi única virtud siempre fue bailar. Ni hablar, ni mirar, ni sonreír. Soy mala para todo eso. Pero bailo. Sin pudor ni vergüenza. Es el único momento de mi vida en el que me siento igual a los demás. Cuando bailo, mi cuerpo no es distinto, yo no soy distinta. Me siento, por una vez, parte de la masa. Esa masa que baila.
Javier lo sabe, por eso la mueca. Sabe cómo me siento día a día, conoce mis depresiones, frustraciones y secretos. También sabe que amo bailar. La música es mi luna llena, me convierte en un ser que reacciona a puro estímulo, animal.
Y así, animal, estábamos bailando. El ritmo de los tambores fluía sin cesar. Los cuerpos se iban fundiendo de a poco en una masa informe, inclusive los nuestros. Quedamos aplastados uno contra el otro, gracias a los grupos que bailaban a nuestro alrededor. No hicieron falta palabras. Las luces cumplían bien su papel de iluminarnos poco, dejando en la oscuridad lo que todos deseamos esconder. Los deseos a flor de piel. Una mano deslizándose por mi espalda. Mi palma en su nuca. El constante bailotear de los pies. La separación casual para tomar un traguito de cerveza. Ni una palabra, sólo movimientos. Instinto en estado puro.
Pasó Javier, frené y le di las dos cervezas. Aproveché el instante para guiñarle el ojo y sacarle la lengua. Pablo aprovechó el momento, en cambio, para marcar territorio, estrujarme y plantarme un mordisco en el cuello. Muy bien, me gustó.
Comentarios
Publicar un comentario