La historia de Pablo II

Desde chica, siempre tuve un tema con la posesión de los cuerpos. Mis hombres, por pocos que hayan sido, siempre fueron míos. A algunos sigo sintiéndolos míos, años y años después. No importa qué hagan de su vida, ni con quién, siempre voy a sentir que tengo un derecho especial sobre ellos. 
Algunas veces, mi obsesión llega a niveles peligrosos, dañinos, complicados, jodidos. Pero vale decir, también, que entrego mucho más de lo que pido. Por eso cuando Pablo, tan descaradamente, sin conocerme, me arrancó de las garras de Javier, en un burdo intento de demostrar "está conmigo", me enamoré. 
Cuando se decidió a dejar de morderme el cuello, casi despiadadamente, me miró y me dijo -no me hagas hacer cosas que no me gustan. Y con esa sentencia, me besó. Mi primer pensamiento, más tarde me di cuenta de mi estupidez, fue 'me quiere toda para él, lluvia de corazones, tilín, tilín'. Ojalá alguien me hubiera gritado, en ese mismo momento, todo lo que estaba a punto de venir. 
Mi historia con Pablo duró tres meses. Los mejores y peores días de mi vida. Esa noche, la terminamos en un hotel, medio pelo, del centro porteño. Exploramos, durante horas, toda la química que yo había intuido entre medio del sonido de los tambores. Malditos tambores, me desbarajustan los sentidos. Al mediodía, intercambiamos teléfonos, cuentas de facebook, twitter y mails. Quedamos en hablar para salir a tomar algo en la semana, me alcanzó en el auto a una estación de subte cercana, y se fue. 
Era domingo, así que esperaba saber de él el jueves o viernes. Me llevé una sorpresa cuando me llamó el lunes a la mañana. A las 8 de la mañana. A las 3 de la tarde me estaba esperando en la puerta del trabajo, mirando curioso a todos los que salían. Ese día, me animé y lo llevé directamente a mi casa. 
Las siguientes cuatro semanas fueron una mezcla rara de amor, histeriqueo y sexo fuerte. Disfrutaba de cosas que yo desconocía, y estaba desesperada por aprender. A veces tierno, a veces brutal. A veces suave, a veces fatal. No existían grises, no hubo término medio. Nos enredamos en una mezcolanza de te quiero mucho, con sogas, esposas, celos, pasión y poca ropa.
A la semana quinta, hablé por teléfono con Javier adelante de Pablo. Estábamos arreglando una cena, creo. Cuando corte, casi automáticamente, me voló un cachetazo de revés que me hizo tropezar y quedar sentada en el piso. No pude evitar hacerme un bollo y llorar desconsoladamente. Las disculpas fueron automáticas, multiplicadas por millones. No encontraba palabras para pedirme perdón. Para explicarme que se volvió loco, que le dije “mi vida”, “corazón” y “te quiero” a Javier, y no pudo soportarlo. De alguna manera me obligué a entenderlo, yo también me hubiera vuelto loca si le hablaba así por teléfono a una mina, ¿no?
Obviamente, este comportamiento se reprodujo varias veces, siempre acompañado de rosarios infinitos de disculpas vacías. Al final, cuatro días antes de que se cumplieran tres meses desde la noche de los tambores cubanos, pasó. Estábamos en la cama, fumando, charlando, y algo lo hizo enojarse. Nunca llegué a enterarme qué. Se enfureció de repente, se me subió encima, forcejeamos, y me ató las manos. Se me sentó a horcajadas sobre los muslos, mirando hacia mis pies, inmovilizándome. Con toda la tranquilidad del mundo, le dio una pitada fuerte, fuertísima, al cigarrillo, y me lo apagó en la pierna. 
Repitió la acción cuatro veces, con los cuatro cigarrillos que le quedaban. Me los fue apagando, uno por uno, con bronca, en la pierna. No dijo una sola palabra. Cuando terminó, se levantó y se vistió entre mis gritos, mi llanto y mis súplicas. Agarró su mochila, me miró, me escupió la cara y me dijo ‘sos una puta’. 
Después de esa noche, nunca volví a saber de él. Tampoco intenté rastrearlo, la verdad. Eso sí, llevo en la pierna las marcas que me recuerdan todos los días lo pelotuda que fui. 

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