Mi heroína I
Despertar en un lugar extraño, ya
era parte de la rutina habitual. Pero esa mañana, había algo diferente. Abrí
los ojos, y tuve la extraña sensación de estar viéndome desde arriba. Desnuda,
destapada, desparramado todo mi cuerpo en un colchón mugriento, en una
habitación semi vacía. Al lado mío, dos personas, mujeres, también desnudas,
duermen. Me duele el brazo. Bajo la mirada, para encontrar la ya conocida
inflamación producida por los reiterados pinchazos de la noche anterior.
Alrededor nuestro hay montones de cosas tiradas. Jeringas, cucharas
amarillentas de tan quemadas, un rollo de papel aluminio arrugado, tres cajas
de pizza, servilletas, vasos, botellas de cerveza, de whisky, de vodka, de
tequila, y algo más que no llego a ver.
Me siento en el colchón, está
húmedo, pegajoso. Me paso una mano por el pelo, que también está húmedo y
pegajoso. En frente mío, tirados en un sillón están ellos. Siempre son ellos.
Están despiertos, mirando al vacío, quietos, callados.
Me levanto y busco el baño. Es
asqueroso. Vomito todo el contenido de mi estómago en la pileta. Abro la
canilla y dejo correr el agua. Me fijo que hay una ducha, y que funciona. Me
meto abajo del agua fría, necesito escaparme cinco minutos de esta realidad que
me oprime el pecho.
Al rato ya estoy paseando con un
té en la mano. Me siento en el sillón, agarro un cartoncito y lo parto en
pedacitos. Uno abajo de la lengua, uno arriba, y uno en el ojo. Me recuesto y
me adormezco pensando qué es lo que hace tan diferente a esta mañana.
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