De citas y otras yerbas.
1 1-
Una cerveza para un stalker
Yo siempre me destaqué por ser
una obsesiva de la vida pero, una vez, conocí a alguien peor. Mucho peor.
Circunstancias de la vida, me
llevaron a conocer a Joaquín. Nos vimos en persona, una vez. Tomamos unas
cuantas birras en un barcito de Palermo. Uno medio pelo, bien para mí. La
verdad, que Joaquín no me cayó muy bien. Militante, se pasó las ¿3, 4? Horas
que estuvimos juntos, dándome cátedra de kirchnerismo. Me sentí envuelta en una
especie de misión evangelizadora. Igual, le seguí la corriente, y un poco nos
divertimos.
Después de esa noche, lo
empecé a patear. ¿Cómo le decís a alguien “no me gustas”? Como no sé cómo
decirlo, seguimos hablando. Llegué a inventar las excusas más increíbles para
no verlo. Desde “tengo que hacer un trámite temprano”, hasta “mi perro se
intoxicó y no lo quiero dejar solo”, todo.
Creo que un poco la culpa fue
mía, y ese “te tiro buena onda por chat, pero te gambeteo las salidas”, lo
obsesionó. Me empezó a stalkear por Facebook, por Twitter, hasta por Google
Plus. Analizó cada coma de este blog, y se hizo cargo hasta de la última
palabra. Me preguntó “¿con quién hablas?” cada vez que me conecté al whatsapp.
Me llamaba, y si no lo atendía me dejaba mensajes del tipo “si estás tuiteando
desde tweetdeck, dale, atendeme amor.” Amor… amor. AMOR? Las cosas que me morfo
por una cerveza.
2-
Mi culo queda por acá
A Martín lo conocí un
Diciembre. ¿Cómo? Era uno de esos contactos que me aparecían mágicamente en el
MSN. Después de un par de vueltas, nos juntamos un viernes a la tarde, a su
salida del CBC, en Plaza Almagro. Nos sentamos en el bar de la esquina, en la
vereda, a charlar. Si alguno vive por la zona, sabrá que a la tardecita, la
plaza se llena de minitas que van a correr. Peor en diciembre, imagínate.
Ahí estábamos entonces,
Martín, yo, todas mis inseguridades, y una cerveza en el medio. Este personaje,
cuyo único tema de charla era sobre todos los recitales, de banditas de mierda, que fue a ver en su vida (porque seamos sinceros, ¿qué mierda me importa a qué
ciudades de la costa atlántica fuiste a ver a la bandita de tu primo?); este
personaje, se pasó las dos horas que estuvimos sentados en esa vereda,
mirándole el orto a todas las minas que corrían por la plaza. Me hablaba mirando
para el costado, y un par de veces hasta se mordió el labio inferior.
Igual, la frutilla del postre
fue cuando en la puerta de casa, me apretó, me tocó el orto, me deslicé para
adentro y le cerré la puerta en la cara.
3-
¿Da para coger?
Esta me pasó con un tal Gero,
y generó posiciones a favor y en contra en mi grupo de amigas. Resulta que, no
importa cómo lo conocí, nos juntamos una tarde (15.30) a “merendar” en el
centro. El atrasó su horario de almuerzo, y yo lo pasé a buscar cuando salí del
trabajo. Teníamos una hora y media para charlar, porque él tenía que volver a
la oficina; aunque en algún momento de la charla deslizó un “igual, después de
las 16, la ofi queda vacía…”. Charlamos un poco y, para mi sorpresa, me cayó
muy bien. Simpático, pinta de tierno, cariñoso y charlatán. Cuando faltaban
unos 15 minutos para que se fuera me dice “disculpame”, agarra el celular y
escribe algo. A los 5 segundos, suena el mio, lo miro, un mensaje de texto. Lo
agarro, porque hoy en día nadie me manda mensajes de texto, y pensé que sería
mi vieja. Pero, en lugar de eso, veo: “Gero: Da para coger? :P”
Lo que pasó después, es como
para otra historia… pero, explícame, quién le pregunta eso a una mina que tiene
a 40 centímetros, por mensaje de texto?!?
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