Mi heroína IV

Lucía. Esa mezcla maravillosa de trigueña y blonda. Siempre arregladita. Siempre con una sonrisa y unos tacos matadores. Criatura de piernas largas, infinitas, siempre enfundadas en calzas de colores. Los hombres, por la calle solían gritarle cosas como “cosita hermosa” y “te morfo toda”. Esa noche estaba especial. El color del estampado de leopardo hacía resaltar esa piel trigueña, eternamente bronceada. Los tacos imposibles le daban la impresión de tener unas piernas interminables. El escote, bajo, lindo, parecía invitar a pasar la lengua. El bailecito, con saltitos cortos, al ritmo de ‘lu-na-de-miel’, con una sonrisa, linda, hermosa, en la cara y el pelo ondeando, me hipnotizaron.
Me le acerqué, casi sin querer, y le di la mano. Se frenó en medio de uno de sus saltitos, me miró con la cabeza ladeada y una medio sonrisa tonta. No lo pude evitar y le di un beso. Tenía la boca suave, una boca de mujer. No sé cómo, pero siempre reconozco la boca de la mujer. El efecto del último pinchazo me mantenía la cabeza lo suficientemente ocupada, como para no pensar y dedicarme a mis sentidos.
En medio de ese beso suave, como rosado, se nos acercó Rodrigo y me acarició el pelo. Yo abrazaba a Lucía, ella tenía sus manos en mi cara, y Rodrigo enredo su mano en mi pelo y me tiró de la cabeza para atrás, chasqueando con la lengua. ‘Así no, así no’ me dijo, y con la mirada perdida me dio un beso. Las manos de Lucía bajaron a mi cintura, mientras yo disfrutaba, un poco sorprendida por el gusto a menta de Rodrigo, un poco enojada porque todavía no había terminado con Lucía. Estiré las manos para que no se me escape y, torcida mi cabeza como estaba, la vislumbré cerquita, muy cerquita, mío. Aproveché la posición para acercar a Lu, y meterle las manos abajo de la remera, por la espalda. Cuando me di cuenta que Rodrigo no iba a cejar en su intento de subyugarme, frené. Lo alejé, lo llevé a mi espalda, lo hice abrazarme y le dí el cuello. En seguida me entendió. Con él ocupado ahí, tuve vía libre para ocuparme de Lucía. De reojo, vi que mi avance había dado rienda suelta a todos. Tanguito y Julio tenían a Barbi acorralada contra una esquina, y ella no parecía estar muy a disgusto.

Estoy sentada, con mi té en la mano, las pupilas todavía dilatadas, y las imágenes de ayer revoloteándome la mente. Levanto la mirada, y ahí está ella, desnuda, mirándome. Una mirada, todo lo que hace falta.

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