Mi heroína III
Lo de Tanguito, ahí es donde
desperté. Ya ni me acuerdo de dónde lo sacamos a Tanguito, todo un personaje.
Creo que lo conocimos en una noche de caravana en la costa atlántica, creo. Le decimos Tanguito porque la primera vez que
lo vimos, lo confundimos con Gardel. Y ahí nació esta amistad de noches
extrañas, compartidas en su departamento de Congreso.
Le caímos cerca de la 1, nos
estaba esperando. Llevamos todo el alcohol, los restos de pizza y nuestra
bolsita. Tanguito, que no escuchaba tango, enchufó dos parlantes rotosos y
puso una mezcla de rock nacional desde una netbook que estaba tirada en el
piso.
Los pinchazos arrancaron
temprano. Uno en el brazo, el siguiente en la pierna, como siempre. Todos
seguimos la misma rutina, el mismo baile. En un rato, ya estábamos bailando al ritmo de algún tema de Virus, creo. Para aflojar el cuerpo. Para
estirar.
Las noches de los sábados siempre
se caracterizan por no entender como arrancan. De repente estamos todos
charlando alrededor de una pizza con cerveza, y al siguiente minuto –o eso es
lo que parece– estamos así, bailando. Pero esa noche, esa noche me acuerdo que
arranqué yo. La miré a Lucía, espléndida en su conjunto de gatita, y no me pude
resistir.
Comentarios
Publicar un comentario