Los de Adentro - Parte II: Iván
Nos conocimos en un trabajo.
Éramos bastante chicos todavía. Unos treinta.
Yo ya estaba saliendo con Euge.
Armamos un grupo de amigos raro y hermoso.
Duramos unos años todos juntos, y después empezaron a volar.
Pero ese grupo siempre quedó.
Una vez cada dos meses nos juntábamos, parrilla de por medio.
Siempre era una fiesta.
Y yo no faltaba nunca.
No sé si por ellos… o por ella.
Nuestras charlas siempre me dejaban recalculando.
Era como tener una cita bimestral con la psicóloga, la psiquiatra, la astróloga, la tarotista y el amor de tu vida.
Todo en uno.
Me gusta porque me hace pensar.
Me saca de mi eje.
Me desafía a cuestionar mis creencias.
Y nunca, pero nunca, me insinuó nada más que su más sincera amistad.
¿Yo? Feliz.
Tenía todo lo que quería.
Una familia feliz.
Una pareja feliz.
Una hija feliz.
Y la sensación de adrenalina de esperar esa cita que era todo y no era nada al mismo tiempo.
Ella cubría los agujeros que se iban abriendo en el resto de mi vida.
Me tapaba cuando hacía frío.
Me hacía tragos para el calor.
Me cortaba las cosas mientras yo cocinaba.
Me charlaba.
Y cómo charlaba.
Hubo un momento en que me confundí.
La miré con más intensidad que otras veces.
Mi abrazo fue más largo.
Mi beso, mejor ubicado.
Mi mano, puesta con mayor intención.
Pero no sentí nada del otro lado.
Y lo dejé pasar.
Y siguieron las juntadas, los años, las charlas eternas de madrugada.
Nunca supe bien qué pensar de ella.
Siempre parecía dispuesta.
Decía que sí a todo.
Contaba sus desamores con sinceridad, sin vueltas.
Nunca se la veía sufrir por ellos, como si fuera a prueba de balas.
Pero sola.
Siempre sola.
Y eso desconcertaba.
No fue hasta una noche de enero, casi ocho años después de conocernos, que entendí.
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