Los de Adentro - Parte III: Vicky
Lo conocí en un trabajo, allá por el 2018.
Yo recién separada.
Él, felizmente de novio.
Yo, remil enamoradiza.
Él, un varón hecho y derecho.
Al principio casi no hablamos.
Nos mezclamos en un grupo de compañeros que no podía más de raro y hermoso.
Nos hicimos amigos. Todos.
Nos juntábamos religiosamente cada dos meses para hacer un asado al que llamábamos La Misa.
Nadie faltaba. Nunca.
Mucho menos él.
Mucho menos yo.
Iván no es una persona fácil de describir.
Cuando lo conocí me volvía loca… y no en el buen sentido.
Su forma de trabajar no iba con la mía.
Su forma de hablar me resultaba exasperante.
Sus mil vueltas para todo me daban ganas de gritar.
Y un día, algo cambió.
De repente, su pelo revuelto me resultó simpático.
Su camisa recién planchada a las nueve de la mañana y desaliñada a las seis de la tarde me llamaba la atención.
Me encontraba mirando la línea de sus hombros mientras sacaba fotocopias.
Me perdía en sus ojos en cada conversación.
Y, Dios, esos ojos.
Ojos color miel.
Intensos. Directos. Furiosos. Sinceros.
De esos ojos rebalsaban sentimientos:
angustias pasadas, anhelos de futuro.
Nunca miré a nadie con la intensidad con la que, durante años, miré a Iván en cada conversación.
Y una noche de enero, todo cambió.
Era 10 de enero. Un sábado.
El clima estaba raro. Fresco y lluvioso.
Pero la Misa no se suspende.
Estábamos en la cocina, como siempre.
Él cortando unos tomates.
Yo hablándole de cualquier cosa.
En algún momento, la distancia cuidada que siempre nos separaba dejó de existir.
Me estiré por la sal.
Él no se movió.
Nuestros dedos se tocaron.
Quietos.
Fue apenas un segundo. O dos.
Lo miré.
Me miró.
Ninguno dijo nada.
Hoy, pensándolo a la distancia, entiendo que ese segundo nos ordenó el pasado y nos desarmó el futuro.
Comentarios
Publicar un comentario