Que me pregunten por qué soy peronista
Que
me pregunten por qué soy peronista. Que me pregunten por qué me empezó a
interesar lo que pasaba en mi país. Que me pregunten. No me da vergüenza. Estoy
segura que no soy la primera, la única, ni la última. Que me pregunten, y les
voy a contestar: me enamoré.
No,
no me enamoré de la política, ni de un político. No. Me enamoré de un pibe, uno
de esos comunes y corrientes, que posiblemente nadie mire dos veces.
Todavía
me acuerdo la noche que lo conocí. Estábamos ahí en Plaza Dorrego, en San
Telmo. Estábamos ahí, tomando birra y "festejando" el fin de una
cursada más. Estábamos ahí los compañeros de clase, chicos lindos de clase
media, chicas lindas y bien empilchadas. Estábamos ahí, no importa quienes, y
todos se empezaron a ir.
Yo
me sentí libre esa noche, vaya uno a saber por qué. Me acuerdo que en ese mismo
momento estaba tocando SOJA en Palermo. Me acuerdo que no pude ir por esta
clase. Me acuerdo que mi hermana me llamó cuando tocaron mi canción favorita,
Can´t tell me, para que yo la escuchara en vivo. Me acuerdo que no escuché
nada. Me acuerdo que mi “filito” del momento me mandaba mensajes melosos cada
cinco minutos, medio dulzón, medio exigiendo explicaciones de por qué estaba
tomando alcohol en una plaza en lugar de volver a mi casa, donde debería estar
hace rato. Me acuerdo que le mandé un mensaje a mi vieja "Hoy no voy a
casa", aunque todavía no sabía que iba a hacer. Me acuerdo que le dije a
mi mejor amigo "Tengo guita, haceme la segunda y tenemos los dos una buena
noche". Pensábamos vagar las calles de San Telmo, de bar en bar, hasta que
se hiciera la hora de entrar a trabajar de nuevo.
Me
acuerdo que era Noviembre, que la noche era hermosa, que había muchas estrellas
que no se veían por las luces de la ciudad. Me acuerdo que no encontrábamos un
kiosco abierto de madrugada para comprar puchos. Me acuerdo que me dijo
"Banca que lo llamo al Tuerca, y le digo que se prenda". Me acuerdo
de ver llegar al Tuerca (lo vi y suspiré, obvio). Me acuerdo que llegó con un
pibe que se llamaba Nicolás, y que tenía toda esa pinta temblorosa de pibe
virgen. Me acuerdo que seguimos tomando, que pedimos fernet, que pedimos
Gancia, que pedimos más y más, y que sumamos una cuenta astronómica en el bar.
Me acuerdo que el Tuerca dijo "Lo voy a llamar al abogado, que seguro anda
de gira post clase y se viene para acá también".
Yo
no sabía quién era este abogado. Yo no sabía quién era Nicolás. Yo al Tuerca lo
había visto una sola vez en mi vida. Yo era la única mina en esa mezcla rara de
gente en la que de repente me vi envuelta. Y les explico porque la rareza.
Éramos en ese momento cuatro personas. Para no parecer egocéntrica, describo a
los demás.
Javier,
mi mejor amigo, compañero de facultad. Rubio, ojos verdosos, flaco pero no
escuálido. De esos pibes que pondrías en la mesita de luz. Pibe vivo, gracioso,
amante del doble sentido. Inteligente, muy. Pero no esa inteligencia de libros,
que se le puede hacer a uno un embole. Inteligencia de vida. En fin, excelente
amigo.
Agustín,
conocido como "el Tuerca"; el mejor amigo, de siempre, de Javier.
Morocho, flaquito, chamuyero. Muy chamuyero. De esos que creen que cualquier
mujer es garchable, y también que todas se los quieren garchar. Buen pibe,
supongo. Con cara de pícaro. Yo creo que de verdad todas las minas se lo quieren
garchar, aunque en la calle ni lo notes. De esos que te calientan con dos
palabras y una buena mirada. Bastante Joey Tribbiani, a ver si me explico.
Nicolás,
flaquito, morocho, con cara de norteño. Tímido. Creo que le escuché decir cinco
palabras en total en toda la noche. Con carita de nene virgen, ya lo dije, y no
es discriminación, es sólo una percepción. Uno de esos pibes que son un ente en
una silla y de los cuales la gente suele olvidarse. Nunca entendí que hacía
ahí, cómo llegó a ese grupo, pero estaba ahí.
Estábamos
entre botella y botella, charlando de algo que la verdad no recuerdo, riéndonos
de pura borrachera, cuando llegó “el abogado”. Él, se llamaba Federico.
Estudiaba abogacía en la UBA. Llegó con una cara cansada que, en mi estado, no
supe reconocer. Alto, aunque no tanto. Grandote, pero no mucho. Morocho. Empleado
del Poder Judicial. Peronista. Alguna casualidad de la vida y las amistades lo
llevaron a militar en el Partido Obrero. De ahí lo rajaron por peronista, por
kirchnerista. De familia humilde.
La
sucesión de botellas llevaron la charla por derroteros políticos. Yo no
entendía nada. Agustín y el Negro discutían por algo. En el medio, el Negro me
explicó que militaba en el P.O. y que lo rajaron hacía unos días. Le pregunté
por qué. Me dijo "diferencias ideológicas". Le pregunté por qué otra
vez. "Soy demasiado peronista para su gusto", me contestó. Empezó a
hablar de las bondades del PO. Yo, sin conocerlo, y sin importarme entender
nada de lo que estaba hablando, lo empecé a bardear. Hablamos de la mala imagen
que, para mí, tenía el partido a nivel social. Discutimos, peleamos. Ninguno
dio el brazo a torcer. Me la di de entendida. Creo que se dio cuenta, pero sé
que lo sorprendió la tenacidad de la pendejita que lo desafiaba con cada frase.
Lo dejé sin argumentos en unos 40 minutos, cosas de la borrachera supongo, nada
que ver con mi pobre inteligencia.
Hablamos
de música. Ese fue mi momento de gloria. No porque sea una sabionda ni una
melómana, sino que justo hablamos de esas bandas poco aclamadas que por
casualidad conocíamos los dos. Agustín me quiso desafiar, tarareó el comienzo
de una canción y me pregunto si la conocía. "Sunshine of your love, de
Cream" le dije. Me contestó que no, que era no sé qué canción de los
Rolling. Le dije que no, que esa empezaba así: la tarareé, obvio. Discutimos 15
minutos. Ninguno le dio la razón al otro y nadie se metió en defensa de nadie.
Nos
dimos cuenta que eran las 4 am. A Javier le entró sueño, se quería ir. Me
quejé, "A esta hora no puedo volver a mi casa ya, me dijiste que me hacías
la segunda". Me invitaron a irme con ellos. Acepté, obvio.
Nos
fuimos a Constitución. Vivían en ese momento en uno de esos lugares conocidos
como conventillo (o no sé qué nombre le darán, pero así le digo yo). Una
especie de casa antigua, con varios cuartos a modo de
"mini-departamentos", un baño y una cocina comunitarios y compartidos
con todos.
Nos
tiramos en un colchón en el piso. Se pusieron a jugar a la Play. Me ofrecieron
frula. "Yo no consumo". "Ok, te molesta?". Fumaron faso.
Jugamos al Mortal Kombat, gané dos peleas. El Negro se sentó al lado mío y
prendió una notebook. Buscamos “Sunshine of your love” en YouTube. Le demostré
a Agustín que yo tenía razón. Escuchamos música. Me quedé dormida, tapada con
el saco de Javier.
Me
desperté al otro día, una hora después del comienzo de mi jornada laboral.
Estaba en el mismo colchón, con Agustín al lado mío abrazándome. Me puse de mal
humor, me peiné y salí sola a buscar alguna manera de llegar al trabajo con los
2 pesos que me quedaban en un bolsillo del jean.
Eso
fue todo esa noche. Le siguieron sólo unas cuantas gastadas por parte de Javier,
por haberme quedado dormida y haber perdido la oportunidad. Unos días después,
no sé cuántos, el Negro me agregó al Facebook. Lo acepté. Nada. Dos meses
después me habló, me invitó un sábado a desayunar en una localidad del Oeste
del conurbano. Yo estaba en pijama, en la cama, con la notebook en las piernas
y una resaca espantosa. No nos vimos.
Otro
mes después me fui del nido. Me mudé sola a la gran ciudad. Durante el primer
mes no tuve internet, ni cable, ni nada. Para contrarrestar el aburrimiento
empecé a usar un servicio de MSN mediante mensajes de texto con el celular
choto que tenía. Mi departamento mide lo mismo que la uña del dedo chiquito del
pie de cualquiera de ustedes. Tuve cuatro días de mudanza. Tardé 2 horas en
mudarme. Estuve 3 días y medio sola, acostumbrándome a esa nueva vida.
El
día de la mudanza me enteré de algo feo que le pasó al Negro. Me dijeron que
parecía un fantasma, que no hablaba, que estaba durísimo todo el día, que los
chicos lo habían dejado muy solo, que nadie sabía que decirle ni qué hacer por
él. No sé por qué, sentí la necesidad de hablarle a ese desconocido que estaba
pasando un mal momento.
Un
mes después de esto ya estaba enamorada. Un año después se terminó. La
multiplicidad de cosas que pasaron en el medio no tienen relevancia, en
comparación con el legado político que me dejó.
Me
enseñó a leer un diario. No a leerlo como lo leen muchos, sino a analizarlo, a
mirar el autor de cada artículo, a investigar cada nombre, a buscar cada
pedacito de historia, a aprender de cada cosa que leía. Me enseñó historia. Me
mostró su mirada particular y subjetiva de la historia, pero me enseñó.
Me
interrogó, me persiguió, me sacó cada una de mis creencias y convicciones. Me
demostró que cada una de ellas había sido pensada y llevada a cabo antes por
Perón y Eva. Me demostró que yo era peronista, sin saberlo. Me paseó, me mostró
la historia de primera mano. Me regaló libros, me regaló canciones. Me
convirtió en un ser pensante.
Me
persiguió con un bombo y una guitarra hasta que me aprendí toda la “Marcha”. Me
educó. Me arrastró a cada acto y marcha de ese año. Me enseñó nombres. Me
señaló a los buenos y a los malos. Me dijo nombres, apellidos, historias,
anécdotas. Me enseñó a escuchar la radio, a mirar la tele con atención.
Me
educó, también, sobre cosas mucho más triviales: me enseñó de música, me dio
canciones, bandas, letras, acordes. Me enseñó de plazas, parques, callecitas
escondidas y sombras de árboles. Me enseñó de drogas, múltiples y variadas,
sobre el efecto de cada una en la cabeza y en el cuerpo. Me enseñó de vida, de
disfrutar el momento, de vivir el ahora, de dejar atrás el pasado.
Encontró
en mí a la alumna más predispuesta a ser manipulada del mundo. Encontró en mi a
una mina dulce de tan enamorada, de esas que idolatran, que quieren con el
cuerpo, la cabeza y el alma. Y lo quise. Y por él quiero a Perón, a Evita, a
Néstor y a Cristina. Y en honor a él es que intento adoctrinar a cada pibe
opositor que se me cruza en la vida. Y mi amor por él se hizo extensivo a todos sus amores. Mi amor se extendió al
peronismo. Y él se fue. Pero el peronismo se me quedó acá adentro.
Muchas
veces no encuentro mi lugar. Muchas veces mi timidez no me permite hacer todo
lo que querría. Muchas veces sufrí de primera mano la discriminación política.
Y muchas veces me sentí fuera de lugar. Pero no me fui, sigo siendo peronista.
Peronista de Perón, de Eva. Peronista de Néstor, de Cristina.
Apasionada como pocas... yo también tengo un amor que me hizo peronista. Peronista de corazón. Peronista de dar la vida por el otro si es necesario. Peronista idealizada, pero peronista con los pies en el barro. Mi amor hoy lo tengo conmigo. Ojalá, compañera, que ese amor que sentís te deje volver a enamorarte.
ResponderEliminarAbrazo!
Espero que ese amor te dure mucho, y si no, que perdure en el tiempo la enseñanza y el amor peronista, como pasó para mí. Siempre hay tiempo para enamorarme! Muchas gracias compañera.
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