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Destinos

Compatibilidad no es destino ¿Existe el destino? A veces no duele soltar a una persona. Duele soltar la versión de vos que fuiste. O la que podrías haber sido. Duele entender que, en la vida, algunas personas son estaciones,  no el destino final. Y más duele descubrir que la estación eras vos. Luminosa en el encuentro, pero no en la permanencia. Insistís. Confundiendo intensidad con señales. Química con promesas. Hasta que recordás que no todo lo que encaja está hecho para quedarse.

Casi algo

Supervivencia. Esa era la palabra que buscas. Estas intentando sobrevivir. ¿A qué? A él. En la era de los casi algo, el único remedio que encontraste fue el contacto cero. No lo ghosteaste.  Técnicamente él lo hizo primero. Vos seguís ahí. Siempre estuviste. Solo que ya no lo buscas. No le escribis. No le mandas reels que te hacen pensar en él. No miras sus stories. Ni siquiera un corazón. Pero pensas. Todo el tiempo. Como si el silencio también tuviera notificaciones. Lo peor de soltar un casi algo, es que no hay nada para odiar. Nada para perdonar. No se rompieron promesas. Nunca las hizo. Solo pequeños gestos de amor seguidos de días enteros de ausencia. Solo migas. Las suficientes para que te quedes. Las suficientes para que nunca sea suficiente. Vas a lograr irte el día que entiendas que el contacto cero no es con él. Es con la parte de vos que sigue esperando algo que nunca empezó. Porque no es su ausencia lo que duele. Es aceptar que no fue nada.

Los de Adentro - Parte V: Vicky

Lo miré largo. Demasiado.  Con esa mezcla de ternura y tristeza que solo aparece cuando algo es real y ya no puede seguir siendo negado. —Yo también —dije. Él apoyó su frente en la mía. Respiramos el mismo aire. Su mano buscó mi cintura. Lenta. Sigilosa. Como si tuviera miedo de quemarse al tocarme. Apoyé la frente en su pecho un segundo. Respiré. Levanté la mirada. Y sí. Pasó. Nos olvidamos del paraguas. La lluvia nos mojaba lenta. Las manos, frenéticas, se ocuparon de la piel. Años de conversaciones profundas. Miradas compartidas. Abrazos de despedida apenas más largos de lo socialmente aceptable. Cuando por fin nos separamos, ahora sí completamente empapados, nos miramos y no pudimos evitar una carcajada. No sabíamos cómo iba a seguir esta historia. A quién iba a dolerle. Pero ya no importaba. Porque por primera vez habíamos elegido dejar de imaginar. ♡

Los de Adentro - Parte IV: Iván

Era 10 de enero. Ya 11, en realidad. Llovía. Una lluvia inesperada que nos obligó a correr. Ella no había traído paraguas. Yo sí. Así que la acompañé al auto. Una cuadra. Todavía tenía en la cabeza la sensación de esa mirada cuando se tocaron nuestras manos sin querer en la cocina. No sabía qué pensar. ¿Fue real? Caminamos juntos bajo el paraguas, demasiado juntos para dos personas que llevaban ocho años guardando una distancia tan necesaria como peligrosa. Cuando estuvimos al lado del auto, algo se apoderó de mí. Casi se me escapó. Sin querer. La miré fijo y dije: —A veces pienso que si te hubiera conocido en otro momento… No terminé la frase. No hizo falta.

Los de Adentro - Parte III: Vicky

Lo conocí en un trabajo, allá por el 2018. Yo recién separada. Él, felizmente de novio. Yo, remil enamoradiza. Él, un varón hecho y derecho. Al principio casi no hablamos. Nos mezclamos en un grupo de compañeros que no podía más de raro y hermoso. Nos hicimos amigos. Todos. Nos juntábamos religiosamente cada dos meses para hacer un asado al que llamábamos La Misa. Nadie faltaba. Nunca. Mucho menos él. Mucho menos yo. Iván no es una persona fácil de describir. Cuando lo conocí me volvía loca… y no en el buen sentido. Su forma de trabajar no iba con la mía. Su forma de hablar me resultaba exasperante. Sus mil vueltas para todo me daban ganas de gritar. Y un día, algo cambió. De repente, su pelo revuelto me resultó simpático. Su camisa recién planchada a las nueve de la mañana y desaliñada a las seis de la tarde me llamaba la atención. Me encontraba mirando la línea de sus hombros mientras sacaba fotocopias. Me perdía en sus ojos en cada conversación. Y, Dios, esos ojos. Ojos color miel. ...

Los de Adentro - Parte II: Iván

 Nos conocimos en un trabajo. Éramos bastante chicos todavía. Unos treinta. Yo ya estaba saliendo con Euge. Armamos un grupo de amigos raro y hermoso. Duramos unos años todos juntos, y después empezaron a volar. Pero ese grupo siempre quedó. Una vez cada dos meses nos juntábamos, parrilla de por medio. Siempre era una fiesta. Y yo no faltaba nunca. No sé si por ellos… o por ella. Nuestras charlas siempre me dejaban recalculando. Era como tener una cita bimestral con la psicóloga, la psiquiatra, la astróloga, la tarotista y el amor de tu vida. Todo en uno. Me gusta porque me hace pensar. Me saca de mi eje. Me desafía a cuestionar mis creencias. Y nunca, pero nunca, me insinuó nada más que su más sincera amistad. ¿Yo? Feliz. Tenía todo lo que quería. Una familia feliz. Una pareja feliz. Una hija feliz. Y la sensación de adrenalina de esperar esa cita que era todo y no era nada al mismo tiempo. Ella cubría los agujeros que se iban abriendo en el resto de mi vida. Me tapaba cuando hací...

Los de afuera - Parte I

Era ese grupo de amigos que nadie sabía bien cómo se había formado. Edades, gustos y vidas dispares. Nadie se lo preguntaba tampoco. Cada vez que se reunían era una fiesta. Y ahí estaban ellos dos. Siempre. Llegaban separados. Se iban separados. Dormían separados, porque en sus camas yacían otras personas. Había un magnetismo que se sentía como electricidad en el aire. No hacían nada raro. No había miradas furtivas ni gestos románticos. Simplemente se movían al unísono, como si fueran uno. Como si llevaran una vida juntos. Y no se vieran una vez cada dos meses. Quien llegaba primero siempre dejaba un lugar a su lado. Y todos lo sabían. Todos sabían que el otro iba a ocupar ese lugar, de alguna manera. Sus charlas eran intensas, profundas, nunca desubicadas. Sus gustos, similares. Compatibles. Complementarios. Sus personalidades encajaban como dos piezas de un rompecabezas. Cuando estaban juntos, el universo se sentía en orden. Todo era natural. Él. Varón. Rudo. Algo tosco a primera vis...

La historia de Pablo II

Desde chica, siempre tuve un tema con la posesión de los cuerpos. Mis hombres, por pocos que hayan sido, siempre fueron míos. A algunos sigo sintiéndolos míos, años y años después. No importa qué hagan de su vida, ni con quién, siempre voy a sentir que tengo un derecho especial sobre ellos.  Algunas veces, mi obsesión llega a niveles peligrosos, dañinos, complicados, jodidos. Pero vale decir, también, que entrego mucho más de lo que pido. Por eso cuando Pablo, tan descaradamente, sin conocerme, me arrancó de las garras de Javier, en un burdo intento de demostrar "está conmigo", me enamoré.  Cuando se decidió a dejar de morderme el cuello, casi despiadadamente, me miró y me dijo -no me hagas hacer cosas que no me gustan. Y con esa sentencia, me besó. Mi primer pensamiento, más tarde me di cuenta de mi estupidez, fue 'me quiere toda para él, lluvia de corazones, tilín, tilín'. Ojalá alguien me hubiera gritado, en ese mismo momento, todo lo que estaba a punto de ven...

La historia de Pablo I

Bailaba, desaforada. Las luces de colores me iluminaban brevemente a intervalos. La oscuridad mejora mi visión. Llevaba en  las manos dos vasos largos, semi vacíos. Me movía, despiadada, al son del compás. Sonaban unos tambores cubanos, que parecían quebrarme el centro del pecho.  Acerqué mi cuerpo a la barra, tomé el resto de ambos vasos, y los dejé para el olvido. Al darme vuelta, en medio de un paso de baile inventado e intrincado, me tropecé. Caí sin estabilidad alguna, sin posibilidad de salvarme, pero nunca sentí el suelo frío golpear contra mí.  Un minuto después, abrí los ojos y lo vi. Estaba toda torcida, algo magullada, medio cuerpo aplastado contra la barra, medio cuerpo aprisionado contra su pecho. Sus manos en mi cintura, tironeando de mi camisa, consiguiendo que quedemos en precario equilibrio.  Le pedí perdón, me arreglé la ropa, me di vuelta y con un gesto lo llamé a Mariano, que trabajaba al otro lado de la barra. - Traeme dos cervezas marian,...

De citas y otras yerbas.

1          1-       Una cerveza para un stalker Yo siempre me destaqué por ser una obsesiva de la vida pero, una vez, conocí a alguien peor. Mucho peor. Circunstancias de la vida, me llevaron a conocer a Joaquín. Nos vimos en persona, una vez. Tomamos unas cuantas birras en un barcito de Palermo. Uno medio pelo, bien para mí. La verdad, que Joaquín no me cayó muy bien. Militante, se pasó las ¿3, 4? Horas que estuvimos juntos, dándome cátedra de kirchnerismo. Me sentí envuelta en una especie de misión evangelizadora. Igual, le seguí la corriente, y un poco nos divertimos. Después de esa noche, lo empecé a patear. ¿Cómo le decís a alguien “no me gustas”? Como no sé cómo decirlo, seguimos hablando. Llegué a inventar las excusas más increíbles para no verlo. Desde “tengo que hacer un trámite temprano”, hasta “mi perro se intoxicó y no lo quiero dejar solo”, todo. Creo que un poco la culpa fue mía, y ese “te tiro buena onda por c...

El sinsentido.

Me llama. El agua, negra en la oscuridad de la noche. Me ilumina, y hacia ella voy. Tan calma. Caen mis ropas y vuelan, al viento. Sus dedos entrelazan mis cabellos. Toma mi cintura, y hacia ella vamos. El primer contacto duele. Tan oscura en la noche, que parece brillar.

Mi heroína IV

Lucía. Esa mezcla maravillosa de trigueña y blonda. Siempre arregladita. Siempre con una sonrisa y unos tacos matadores. Criatura de piernas largas, infinitas, siempre enfundadas en calzas de colores. Los hombres, por la calle solían gritarle cosas como “cosita hermosa” y “te morfo toda”. Esa noche estaba especial. El color del estampado de leopardo hacía resaltar esa piel trigueña, eternamente bronceada. Los tacos imposibles le daban la impresión de tener unas piernas interminables. El escote, bajo, lindo, parecía invitar a pasar la lengua. El bailecito, con saltitos cortos, al ritmo de ‘lu-na-de-miel’, con una sonrisa, linda, hermosa, en la cara y el pelo ondeando, me hipnotizaron. Me le acerqué, casi sin querer, y le di la mano. Se frenó en medio de uno de sus saltitos, me miró con la cabeza ladeada y una medio sonrisa tonta. No lo pude evitar y le di un beso. Tenía la boca suave, una boca de mujer. No sé cómo, pero siempre reconozco la boca de la mujer. El efecto del último pinc...

Mi heroína III

Lo de Tanguito, ahí es donde desperté. Ya ni me acuerdo de dónde lo sacamos a Tanguito, todo un personaje. Creo que lo conocimos en una noche de caravana en la costa atlántica, creo.  Le decimos Tanguito porque la primera vez que lo vimos, lo confundimos con Gardel. Y ahí nació esta amistad de noches extrañas, compartidas en su departamento de Congreso. Le caímos cerca de la 1, nos estaba esperando. Llevamos todo el alcohol, los restos de pizza y nuestra bolsita. Tanguito, que no escuchaba tango, enchufó dos parlantes rotosos y puso una mezcla de rock nacional desde una netbook que estaba tirada en el piso. Los pinchazos arrancaron temprano. Uno en el brazo, el siguiente en la pierna, como siempre. Todos seguimos la misma rutina, el mismo baile. En un rato, ya estábamos bailando al ritmo de algún tema de Virus, creo. Para aflojar el cuerpo. Para estirar. Las noches de los sábados siempre se caracterizan por no entender como arrancan. De repente estamos todos charlando alred...

El dilema del tiempo en el eterno.

La putrefacción de lo insano. El dolor de lo ajeno. Lo pecaminoso de lo anónimo. El placer del tiempo. Una noche sin nombres. Un cielo sin luna. La acumulación de la necesidad. La explosión de la liberación. El adiós. El eterno adiós. 

Extrañar.

La acción de extrañar. La extraña sensación de extrañar. Me invade la extraña sensación de extrañar. Propiedad. Problemas con la propiedad. Territorios. Límites. Propiedad. Espacio. Espacios. Límites. Territorios. Propiedad. Problemas. Problemas con la propiedad. Lugar. Puestos. Carrera. Territorio. Propiedad. Personas. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Propiedad. Extrañar. Uno. Cuatro. Dos. Tres. Límites. Calendario. Tiempo. Espacio. Espacio. Tiempo. Minutos. Días. Horas. Semanas. Segundos. Meses. Propiedad. Problemas con la propiedad. Extrañar. Volver a extrañar. Y volver a extrañar.

A veces.

A veces cuesta explicar la felicidad, a veces la tristeza y a veces la bronca. A veces cuesta explicar la decepción, a veces la inseguridad y a veces las ideas. A veces cuesta explicar un te quiero, a veces un te extraño y a veces un no me jodas. A veces los efectos de no dormir se notan, a veces son beneficiosos y a veces no. A veces sé lo que quiero, a veces lo creo y a veces no tengo idea. A veces te deseo, a veces te quiero y a veces bien lejos. Pero solamente a veces.

Mi heroína II

La noche arrancó temprano, cerca de las 20. Raro, porque los sábados nunca arrancábamos antes de las 23. Salimos desde lo de Julio, con un par de rolas encima, pero caminando tranquilos, como si nada. Pasamos a buscar a Bárbara, que salió con una mini y alpargatas, aunque hacían 5 grados esa noche. Nos paramos los tres en la esquina, esperando que Rodrigo nos pasara a buscar en el auto, un 147 del ’89 que se caía a pedazos y siempre me ponía en estado de pánico. Rodrigo, como siempre, venía vestido como un señor, con pantalones de traje, camisa blanca y zapatos. Nunca nadie podía creerlo cuando lo veían bajar de ese coche asqueroso, y salía él. Alto, morocho, grandote. Con sus ojazos verdes y esa carita pícara. Tiene esa capacidad innata de tener a cualquier mina arrodillada en su cremallera en, más o menos, 15 minutos. Encaramos la 25 de Mayo, rápido, furiosos. Escuchando un compilado medio extraño, que mezclaba temazos de Jimi Hendrix y de repente te tiraba un ‘cumbia cobani’ de...

Mi heroína I

Despertar en un lugar extraño, ya era parte de la rutina habitual. Pero esa mañana, había algo diferente. Abrí los ojos, y tuve la extraña sensación de estar viéndome desde arriba. Desnuda, destapada, desparramado todo mi cuerpo en un colchón mugriento, en una habitación semi vacía. Al lado mío, dos personas, mujeres, también desnudas, duermen. Me duele el brazo. Bajo la mirada, para encontrar la ya conocida inflamación producida por los reiterados pinchazos de la noche anterior. Alrededor nuestro hay montones de cosas tiradas. Jeringas, cucharas amarillentas de tan quemadas, un rollo de papel aluminio arrugado, tres cajas de pizza, servilletas, vasos, botellas de cerveza, de whisky, de vodka, de tequila, y algo más que no llego a ver. Me siento en el colchón, está húmedo, pegajoso. Me paso una mano por el pelo, que también está húmedo y pegajoso. En frente mío, tirados en un sillón están ellos. Siempre son ellos. Están despiertos, mirando al vacío, quietos, callados. Me levanto y...

grises.

Ya sabemos de qué va la historia. Conoces a una persona, de las más diversas maneras. Se ven, salen, cogen y, o bien se enganchan y se ponen serios, o no se enganchan, y entonces coges un par de veces y la dilatás hasta la extinción. Pero no. No siempre es así.  Acá, vengo recogiendo (si, re-cogiendo) todas mis variantes: 1- no me da bola 2- me enganché y él no 3- me tiene los ovarios llenos y no me lo puedo sacar de encima 4- le dijo "te quiero" y me contestó gracias 5- está casado y quiero que se separe 6- está casado y me hace el noviecito 7- me dijo "te quiero" y no supe dónde meterme 8- me dijo "te amo" el mismo día que le iba a cortar 9- lo quiero para coger y me hace escenitas de celos 10- ya no sé que mierda hacer para que me cele un poco 11- NO LO ENTIENDO 12- prefiere a la computadora antes que a mi 13- me dice que le importo y después chamuya en público, impunemente. Elegí la tuya.

#dmdecoger

● Vení a casa, tomamos algo, dale? ● Dale, pasame tu dire por wasap. ● Joya, te espero con birra :) ● Una cuadra, bajá nena. –Hola. –Hola. Yo le di un abrazo, me pareció una de esas personas que se lo merecen. Lo deje un poquito sorprendido. –Vení, por acá, es en el primer piso. Llegaste bien? Entramos. Situación incómoda, romper el hielo en un lugar tan íntimo. Siempre me siento especialmente cómoda en mi casa. Mi territorio. –Sentate, ahí cambio la música. –Bueno, igual pone lo que quieras. Pobre, es lindo, muy. Parece torpe. Siento que lo saqué de su zona de confort, mucho. Yo, me muevo tranquila. –Cerveza? –Sí, dale. Me pongo eficiente, saco los dos vasos que tenía preparados. Destapo la birra. Le quiero dar algo para hacer. –Servís vos? Soy malísima. La quiero con espumita. Ahí lo descontracturé. Me di vuelta y agarré el porro que había dejado armado. –Mira, como te prometí.  Me sonrió, con la cerveza en la boca. Una sonrisita. Me lo quise morfar. Me contuve...